martes, 16 de julio de 2013

TE BUSCABAN



          Clareaba en celajes vespertinos, mientras las lámparas titilaban antes de encender por la ausencia de sol, la solitaria calle se barría en hojas derramados por la arboleda, viejos eucaliptos que levantaban sus ramas para sacudirse en el viento del otoño. Sábado de vigilia, que apretaba sin transeúntes frente a la casona marcada con el número 101 A, en cuya puerta de madera colgaba una mano de bronce que se usaba como tocador para anunciarse.
          El sonido característico, el toquido se dejó escuchar hasta el corredor del patio de la entrada, lo que hizo que el patojo, correteara por el pasadizo con el fin de dar respuesta a insistente llamado.
          Presto abrió una de las hojas de la puerta, al asomarse al exterior se sintió extraño, en ese instante un calofrío le recorrió el cuerpo que le puso la piel de gallina, frente a él una mujer de largas trenzas, con una mantilla que le cubría el cuello como bufanda, era de hermoso porte y singular belleza, me fijó la mirada mientras me interrogaba.
--- Buenas tardes o diría noches, joven…podría usted indicarme si se encuentra Miguel en casa? ---
--- No, no está, le vi que salió hace unas cuantas horas --- con la leve intención de cerrarle la puerta. Sintió que la fuerza de una mano, de aspecto extraño se la detuvo.
--- Espera --- le indicó, con una voz como venida de ultratumba --- quieres decirle que le he venido a buscar, pues le he estado esperando en la capilla, pero no ha podido o no ha querido llegar---
--- Y le digo de parte de…
--- De su amada Adelina..!, que le sigo esperando donde siempre ---
          Ni bien había terminado la charla, entre un abrir y cerrar de ojos, la dama desapareció convertida en vaho, ante los ojos del muchacho. Este retornó a su cuarto más que temblando de miedo.
          Horas mas tarde, Miguel se hizo presente, apestaba a guaro, tambaleándose se dirigió a la habitación, donde encontró al chico, que se le salían los ojos y no dejaba de rezar, sentado en la orilla de una cama, haciendo la señal de la cruz con ambas manos..
--- Hola mi hermano, que te pasa, te veo asustado, haber haceme un espacio me voy a tumbar allí, mientras me contás que te sucede.---
--- Hay mi hermano --- le dijo, manifestando todo su miedo--- sabés que te vino a buscar una mujer, bonita la fregada, pero me hizo sentir calofríos y vieras como espanto, te dejó un mensaje y luego se esfumó en la calle.---
---Ya vas, estas loco sin no existen los espantos y menos que me vengan a buscar, ja, ja, ja. Me gustarían si estuviese vivita…
--- Acaso no conoces a una tal Adelina, pues?---
--- ¡AHHH! --- viendo al cielo se puso a bajar libros, en medio de su borrachera, insistió.--- Adelina!, pues la verdad NO! Ah…---dijo al hacer memoria --- a lo mejor se trata de la costurera de la tía Lencha. Una patojota hermosa que me estaba cantineando, así de guapa y le hizo señas con sus manos de su galán trasero. Pero esa está mas que viva, está rebuena.---
--- Si vos la hubieras visto, estarías preocupado, se veían palidota y sus huesudas manos, daban ñáñaras---
--- Y que fue lo que te dijo, pues? ---
--- Algo así como que te había estado esperando y que vos no querías llegar a buscarla, deseaba que la visitaras.---
--- Y a donde?---
--- ¡Ahhh!, si en la capilla me dijo...
          Ni bien había finalizado el interrogatorio Miguel se quedó dormido, abatido, embrocado sobre la cama, a pasar la mona. El chico tomó una chamarra se la hecho encima, oficioso se acercó para acomodar un catre, se acurrucó con una sábana y se recostó, lo mas cerca que pudo de él.
          La mañana les sorprendió con los gritos del lechero, que apuntaba con sus pregones a eso de las seis de la mañana, somató la puerta, el chico se levantó de un brinco, salió al corredor, después de recoger el litro encargado, lo puso sobre la mesa de la cocina y se dirigió a la pila para darse un chapuzón, se secó la cara con un trapo y al pasar frente al espejo de la repisa se dio cuenta que el sueño no le había sustentado, las ojeras le colgaban sobre los cachetes y la bostezadera no lo dejaba en paz. Entró de nuevo al cuarto, retirando el catre, procedió a zangolotear a Miguel, quien permanecía en el quinto sueño.
--- Mano, no la fregués, es domingo, dejame dormir otro cacho.---
--- Acaso ya se te olvidó, que tenés que ir a buscar a la mujer. No dijo pues que te esperaba en la capilla?---
--- Hay, dejame en paz, primero voy a tratar de recordarme bien de la chava, mas tarde voy donde la tía y salgo de la duda.---
          Pasado el medio día, después del almuercero y un buen caldo de huevos, se levantó con el espíritu entonado, tomó su morralito, salió a la calle en dirección  a casa de su tía, caminó un buen trecho por las callecitas empedradas del caserío de Agua Blanca, trepó por los cercos hechos de piedra y pasó cortando unas sandías para el viaje. En el estrecho camino se encontró con Don Cheyo, viejito que permanecía sentado en la puerta de su rancho disfrutando de un puro de tabaco hecho a mano, quien  levantó su mano para lanzarme un saludo a mi paso.
          Con el sombrero en la mano, penetré en la casita, separando la manta que franqueaba la puerta.
 --- Ave María… hay gente en casa…Tía está por ay!--- preguntó
---Mijo… que bueno verte, tanto tiempo, veo que no te has olvidado de esta vieja.---
          La señora se encontraba sentada tras una máquina de cocer, con unos retazos de tela que con el movimiento de los pedales ponía a coser, los anteojos le sobraban sobre la nariz, sobre los aros mostraba sus verdes ojos, de agua marina. Sus cabellos tintos de blanco, repasaban en canas que caían sobre sus hombros, la simpática anciana se puso de pie, sacudiéndose por delante su delantal de cuadritos, se acercó al muchacho, le dio un abrazo, después de tocarle la frente y sentirle el mento.
--- Haber que te trae por aquí, mi muchacho y no me digás que venís solo a verme, después de casi dos años, no te la voy a creer --- con un dedo señalándolo --- te conozco picarazo, haber desembuchá ---
--- Pues la verdad tía es que vine a preguntarle. Se recuerda de la muchachona que trabajaba con usted, en la costura, una tal Adelina ---
---Callate que esta patoja, solo me la veniste a alebrestar, andaba toda emocionada por tu culpa que le habías ofrecido no se que cosas y que te la ibas a llevar a tu casa. Un día domingo que salió, regresó ya tarde, lloraba de la pena, me confesó que habías quedado de verla en la capilla de la aldea y te había estado esperado hasta tarde y no te habías aparecido. Estuvo unos días aquí conmigo, se la pasaba llorando a mares, siempre se quejaba de tus falsas promesas, hasta que un fin de semana se fue. Y no me vas a creer, la patoja tenía un su enamorado, de esos de machete al cinto, siempre la vigiaba, la encontró un día en la capilla y se la quiso llevar, ella se resistió y lo despreció. El hombre en un arranque de cólera le pasó un filazo por el cuello y la mató. De eso ya va ser un año.---
--- Entonces, quiere decir que está muerta?---
--- Muerta y enterrada en el cementerio de la localidad, como la pobre no tenía familia, con los vecinos le procuramos un humilde entierro, en caja de pino y con todas sus cosas --- haciéndole una pausa--- dicen las gentes que la han visto por las noches junto a la capilla, que llora desconsolada, porque dicen que espera a su enamorado. Los que la han visto cuentan que usa una mantilla que le cubre el cuello y le oculta la herida que le hizo el bandido en la garganta.--- que se me hace que es a vos a quien espera!---
--- ¡MAAA! --- los ojos casi se le salen de las órbitas y los escarnios le hicieron temblar las piernas
--- Consejo te doy, andá, buscala en el cementerio en su tumba y le pedís perdón, le devolvés las promesas, porque sino dicen los que saben de estas cosas de espíritus que va a seguir vagando por el mundo de los espantos e insistirá en buscarte hasta el fin del mundo.---


  


  

domingo, 14 de julio de 2013

LA GATITA



          Salta en el tejado, como pie de lana, apenas el peso hace señales por el peso, camina a paso lento, con la lengua limpia sus los largos bigotes, hasta llegar al borde del tejado que le queda en alto. Otro brinco y se queda sentada por un instante mientras enrosca la cola, rascándose el cuello con su pata, muestra un bostezo, tras un maullido de haraganería y un sutil estirón se pone de pie. Ya en la cornisa corretea, como un trapecista en el delgado borde del acápite de la pared.
          Vigilando para todos lados se mete como un ladrón por un agujero que pinta en la siguiente casa, detrás de una lámina que se encuentra destrabada, sobre los empolvados machimbres, se arrastra hasta encontrar un nido, allí le esperan tres hermosos gatitos, que se lanzan vivos sobre ella en búsqueda de su chiche. Las tres bolitas de algodón, de variados colores, le ronronean mientras maman su alimento.
          La madre todas la mañana hace su ronda en busca de alimentos, revisa las bolsas de basura, donde en ocasiones encuentra pedazos de comida, los cuales masca hasta deglutirlo y llenarse para su tarea de mama, o derepente se le atraviesa algún ratoncillo que le ha agarró la tarde en su regreso a su madriguera y se convierte en el plato fuerte del desayuno.
          En otras ocasiones ágilmente se escapa de las fauces de los perros que vigilan los patios y como fieles defensores de sus amos no le permiten asomarse hasta la cocina, esos días a veces son malos nada de restos, sin poder probar alimento alguno, pero afronta su responsabilidad con sus cachorros, con el estómago vacío.
          Al filo de la noche, cuando la luna llena se prende en el firmamento, deja una vez mas el nido, con la ilusión de conseguir algo que le sustente, por lo que se aventura a ir aun mas lejos, baja por una ventana que se quedó abierta, siempre cuidadosa observa en su interior y da un brinco se posa sobre la mesa, donde a través de su olfato descubre dentro de una servilleta de flores, unos trozos de pan, con la ayuda de sus patas, destapa el tesoro, echada y sosteniéndolo con las uñas, le busca la manera de darle un mordisco, vaya si no parece un suculento plato, el cual degusta si parar.
          Siempre alerta, intuye que alguien se acerca y con un bocado a medio comer se lanza hacia la ventana, donde se detiene en el marco, hasta que alguien enciende la luz, hace su último esfuerzo y salta hasta tejado, dejando atrás el estruendoso golpe de una chancleta que le fue lanzada para espantarla y rebotó en la pared contigua.
          Masticando el último trozo de pan, se vuelve a su tradicional camino que la lleva a su hogar, la ufana madre se pasea sobre los tejados, frente a grupos de gatos que le maúllan a su paso. Acaso alguno de los felinos vagos, es el padre de los gatitos?
          Se acerca sigilosa hasta su madriguera, encuentra únicamente a uno de los gatitos, que duerme placidamente, se altera y comienza la búsqueda por las vecindades, sale del tejado y se dirige hasta la habitación de la casa que es parte del tejado donde vive, desciende a través de una higuera y siguiendo su olfato e instinto maternal, se acerca a una puerta que se encuentra cerrada, rasca incesantemente para abrirla, ella sabe que se encuentran adentro, escucha los maullidos y ronroneos de los cachorritos, junto a las risas de unos niños.
          Al no poder penetrar, regresa por donde llegó y se planta en vigilancia sobre una pared que da de frente a la habitación, donde les alerta a través de sus maullidos, pero sin animarse a buscar la manera de entrar, mueve la cola en señal de preocupación a la espera que alguien abra la puerta. Ya es tarde la noche se ha transcurrido, sin mayor novedad. En el dilema de a quien atender la gata opta por ir en búsqueda del cachorro en la madriguera, que por ser el mas pequeño, no tiene tanta picardía de abandonar su lugar.
          En su regreso encuentra un agujero que parte de una de las vigas del techo que conducen hacia el dintel de una puerta, donde una tabla que se encuentra rota da paso al interior del cuarto, asoma su cabeza por allí, pero el hoyo es pequeño, con un gran esfuerzo logra pasar bajando en caída libre hasta el interior de la habitación. Manchada de telarañas y bañada en polvo, cae sobre la cabecera de uno de los sillones, donde encuentra enroscados los dos gatitos perdidos, que reclaman al verle.
          En un momento los niños aparecen en escena acompañados de un adulto.
--- Papá….papá.  mira los gatitos que nos encontramos.---
El padre les detiene, al ver la presencia de la gata.
---Cuidado, debe de ser la madre y los debe de venir a buscar, déjelos.---
--- Yo los quiero para mi --- dice uno de los niños --- ya les dimos de comer y les pusimos una lata con leche para alimentarlos.---
--- Bien, pero no creo que la gata esté dispuesta a dejarlos…
          Efectivamente, el padre sabiamente le abre la puerta del patio y deja que salgan, ella agarra con su hocico uno de los cachorro, sale corriendo subiéndolo al tejado, repite entonces el procedimiento con el segundo. Les lleva hasta el nido, bajo las protestas de los niños que sienten haber perdido sus mascotitas de juguete.
          La vida se repite y la señora gata sale a sus rondas matutinas en búsqueda de la comida, consiga o no alimentos se hace su caminata diaria una tradición. Cuando regresa a casa ya sabe que no están, los tres cachorros encontraron la manera de bajar a la casa, camina por las vigas y se queda observando en el agujero del machimbres. Abajo en el salón sus tres gatitos, juguetean alegremente con los niños, quienes les miman y los alimentan. No quieren regresar.
  

LA HISTORIA DE MIS MUSAS (PARTE 4)



          Donde recogí mis fuentes de cristalina imaginaria, no lo sé! Un legado de mis ancestros?, cuanto mas de mis amigos y parientes, algunos de consanguinidad, otros de afinidad como José Blamides, que le dio un toque conciencia a mis garabatos iniciales. Todos me empujaron para envolverme en esta libertaria profesión, de ideas, de lucha, de escritura naciente, una manera cimarrona de expresarse, sin recibir lineamientos, ni educación, sin gratificación más que del alma, simplemente influenciada por las lecturas y creo que con una muy buena fuente de inspiración, las musas.
          Ocupando mis espacios libres en el intermedio de mis trabajos, levantándome después de un sueño de pesadilla, urgía de un pedazo de papel y un lapicero para no dejar escapar las historietas imaginadas, sentado en la butaca de un avión, en las arenas negras de la playa, renovando la piel con las quemadas de sol y rodeado de cientos de bichos que me interrumpían con certeros piquetazos. Metido en la sala de un hospital en espera de las cigüeñas, donde recordaba mis experiencias en el área rural y de las enseñanzas de mis maestros en el arte de la maternidad.
          Mirando a la distancia el imponente volcán de agua, en los campos, nacieron las historias de las inditas de mi tierra, con sus trajes de colores y lo típico de sus mercados. Las que en febril carrera carroceaban los cántaros en la cabeza y envuelto en un herraje, un niño que apenas enseña su cabeza, tras el hombro de su madre. La estampa de las pilonas donde se hacen los lavaderos con los huipiles, en el chapoteo que salpican con el jabón de coche, enjambre de muchachitos que juegan en los alrededores del lugar, apegándose a la falda de  corte de las nanas, que buscan su protección cuando tras una caída lloran y moquean la ropa.
          Las casitas un tanto de madera, donde se escuchan cuando aplauden al echar las tortillas y el humo de la leña trasuda por las tejas del techo, mientras la llovizna se hace presente en los días que usualmente son fríos. Las gallinas recorren los patios, cuando en alharaca proponen la postura de un huevo, los blancos patos las saludan estirando sus cuellos cuando se acercan a los charcos donde revuelven el lodo para sacar gusanitos.
          En los campos los marchantes se agazapan para la recogida de los almácigos de rábano, las exuberantes zanahorias, que anaranjadas son hateadas en las maletas de sacos de brin para enviarlas al mercado. La fértil tierra que huele a campo, donde los paisajes en alguna oportunidad fueron manchados de sangre por las revueltas, masacres de ambos bandos en la asolada incomprensión del socialismo.
          Historias de guerrilleros inconformes, de nativas obligadas a satisfacer los malos instintos de esbirros vestidos de verde olivo que abusaban de cuanta mujer que caían en sus asaltos. Niños que no comprendía porque sus tatas eran rociados con balas en nombre de la patria, enterrados a granel en cementerios que de pronto eran clandestinos, formando a futuro parte de la memoria histórica de un desangrado pueblo indiano del altiplano.
          Allí estaban mis plegarias, junto a las voces de remembranzas de las musas, que no permitía que me olvidara de ese trozo de historia cobarde, que asoló las comunidades.
          Paso a decir, de mis predilectas son las narrativas de casas embrujadas, los muertos y aparecidos, que se encuentran con el manto de la muerte, dejando espíritus que se niegan a abandonar esta vida, ha veces sin una despedida, para mostrar a algún deudo alguna vivencia que les de pendientes les haga reflexionar. Atreverse a pensar que existe un mas allá, detrás de una puerta, como el limbo, que resguarda a los espíritus antes de desaparecer en el infinito. Camposantos que en lugar de ser lugares tranquilos y de reposo, se tornan por las noches en un club de emocionadas almas que conviven con esqueletos, entes no de carne y hueso, que abandonan sus nichos para disfrutar de sus chabacanerías en el borde del purgatorio. Los mas juguetones abandonan sus ataúdes para trasladarse hasta donde se encuentran los deudos para soplarle como aparecidos y darles un mensaje de escalofriante miedo.
          Ha veces pensar no es suficiente, rascarse la cabeza, a menos que sea por cacarañicaras, le ebciende la luz de una sátira, de una novela de princesas adormecidas en el castigo de una torre, de un antiguo y salobre castillo, que es custodiado por aves de rapiña, dragones amenazantes que atizan con su aliento de fuego, quemando los campos que circundan la montaña del maléfico monarca. Espadas mitológicas que son blandidas por paladines que se ven protegidos por los magos del bien, cuyos talismanes son escudo contra los lenguazos de fuego de la bestia.
          Ballestas y catapultas que arremeten desde los benditos campos de los ejércitos de los cruzados, donde los templarios después de contrarrestar a los  musulmanes, hijos de Alá, regresaron a sus reinos extendidos en la Europa medioeval. Arturo y sus caballeros de la mesa redonda resguardaron su isla Britania de las nuevas conquistas. En su retirada los del Islam, fincaron colonias en la península Ibérica, con sus monumentos como la giralda en Sevilla, la Alambra, otras edificaciones como la Serranía de la Ronda Musulmana en el extremo sur junto al estrecho de Gibraltar, a un pasito del continente Africano de lo que hoy se conoce como Marruecos. Allí donde los descendientes del Islam, se corrieron como inmigrantes furtivos hacia los puertos de Cádiz, sobre el Atlántico, con el espíritu aventurero se lanzaron hacia la América. Upa! de pronto el apellido viene de por allí, con la venia de las musas.
          Volviendo al presente mis encuentros con el deporte de los nietos, que en algún momento formaron parte de mi formación, en el Inglés Americano, patojo de 10-12 años, con uniforme de franela, a quien ponían a disfrutar de la pelota, en los campeonatos Inter colegiales, donde por la poca habilidad del entrenador, nunca pasamos de sope a gavilán, víctimas constantes de aguerrida novena Santa Apolonia, de los hijos de los dentistas, Gálvez y Bocaletti.  Luego con los hijos, excelente peloteros que dieron su do de pecho en los equipos Astros años 78-83, con cumplidas ascensiones a la liga mayor en equipos como Susertex, Opticas América y Municipal. En la actualidad dos nietos que han representado a nuestro país en los campeonatos Latinoamericanos en Puerto Rico y Panamá.
          Encontrando jocosas anécdotas como, con Juanito, con tan solo 9 años, sin mayor experiencia suple al catcher, en Boca del Río, Veracruz, México. Algo que le sirvió como estímulo para convertirse en el mejor receptor de su categoría en los siguientes años. El mayor, genio y figura de su padre, en el campo corto,  convirtiéndose en uno de los mejores bateadores de su categoría.
          Vaya si no he disfrutado de estas cosas deportivas, que con un poco de sal y pimiento he plasmado en las crónicas, los dimes, diretes y chanzas de lo que se maneja dentro de las dirigencias deportivas, donde hay que ser cuate o pariente de los dirigentes para formar filas de los contingentes que viajan a los torneos, o tener plata para costearse sus propios gastos, hasta llegar a hacer coperechas para que alguno de los entrenadores viaje en nombre de la liga, porque la Fedebeis apenas aporta, a menos que se trate de algún dirigente departamental que no sabe ni papa de beis bol, a quien si le pagan todo, viáticos, viaje etc. Con tal que comprometa su voto con la dirigencia que va en búsqueda de manosear los destinos del deporte, muchos encapsulados en  reelecciones de junta directiva.
          Como esta es una crítica, que pocos leen porque no les conviene, menos que le pongan coco, se vuelven palabras que se lleva el viento, entonces volvamos a los imaginarios de seguir, pensando y escribiendo las genialidades que se me viene a la mente, que entonces le echamos el muerto a las señoras que nos ponen las ideas en la cabeza, con colochos y sin máscaras, digo entonces las hadas madrinas, las musas.   

LA HISTORIA DE MIS MUSAS (PARTE 3)


          Salí a pintar paredes, apostando a cantar poemas, sentado en la esquina del portal de un parque, mientras las mariposas se desplegaban jubilosas en la cúpula de los arbustos. Las parejas armoniosas de los pajarillos hacían piruetas en el aire, vigilantes se asomaban a ver sus gorriones a la orilla de los nidos. Una sombrilla de corte artístico que defiende de la soleada mañana, en manos de una muchacha de angelical figura, se relaja inmersa en la lectura de los escritos de Becket, suspira entre frases e imagina a un gallardo caballero haciéndole la corte, en un perfil de enamorado. Mientras mira hacia arriba, reaccionando un tanto hepática cuando de golpe recibe un bodoque de excreta de ave sobre sus paraguas.
          Pensando en las musas de mi acervo, tomé mi plantilla de notas registré las novedades del mandado y unos cuentos de los chirmoles de las santulonas que se dirigen a la iglesia, cuando en su plática hacen trizas a los vecinos de la cuadra. El niño que limpia los zapatos entra en persecución de sus clientes que se hacen los desentendidos cuando él reclama una oportunidad de trabajo. Un perro de orejas grandes, repasando con el olfato desde mis zapatos hasta la banqueta del jardín del parque, en reconocimiento de su territorio ya bautizado días antes, ladra enardecido al sentir de cerca el humor de algún otro cachorro que se digna acercarse, a olerle tanto el orificio de entrada como el de salida para saludarlo.
          Haciendo un poco de ejercicio me dirigí hasta la otra esquina donde una carreta de helados se anuncia con un globo, con pintas de ojos grandes y redondos, una boca de carcajada en rojo, vejiga con helio que apunta hacia el cielo, que vaga en compañía del carrito. Los chicos juguetones, se prenden de la escotilla y se encaraman en una de sus llantas con el fin de escoger el sabor  del sorbete, metiendo la mano extraen una cornucopia, la pelan como que fuera banano y la degustan plácidamente. Cuantas charadas se resaltan en las hojas, travesuras, aventurillas le dan sabor a las narrativas, descritas en un enjambre de palabras se vierten en estos pasajes, ideas para dejar plasmado en los corolarios de los cuentos.
          En ocasiones me pierdo en el pensamientos, tratando de visualizar una escena de dos enamorados que uno frente al otro se llenan de promesas y a hurtadillas se detienen un instante para darse un beso, a lo mejor furtivo, que dio inicio a un compromiso en esta calle, a escondidas de la familia. Un SI que se revienta como botón de flor, esponjando sus pétalos a la luz de la primavera.           Caricias que conllevan un movimiento de indiferencia dándole la espalda a la pareja, pero sin soltarle la mano, que apunta a una aventura que luego en un cómico baile de ella, retorna a toparse de pecho, en las solapas del agraviado, con su cabeza un tanto agachada en sumisión, acepta el noviazgo, sin mediar palabra. Luego se produce una carrera de grandes zancadas de la chica al percibir la presencia de alguien conocido que la pueda chismear como informante a sus padres. Allí termina el idilio que a lo mejor se repite en los días subsiguientes o en otro tramo de la glorieta.
          Recostado en una banca arremolinado por un grupo de moscas se encuentra el desprestigiado bolito, que duerme la mona abrazado de una botella, víctima de pies descalzos, que perdió su indumentaria a manos de algún listo que lo encontró fondeado. De pelo alborotado y pegajoso se arrumaca a medida que la banca le queda estrecha. De pronto un gendarme de la vigilancia se le acerca y lo conmina a levantarse, a topes y empujones abandona el sitio para luego dirigirse algún otro callejón que le de cobijo, o en el salón cubierto de aserrín de la recién abierta cantina, donde no tarda en salir lanzado con lujo de fuerza a mitad de la calle.
          Me arreglé los espejuelos, pasándoles la esquina de un pañuelo y deteniéndolos adecuadamente sobre la nariz, sacudí mi pantalón, especialmente de la parte trasera, por aquello de las empolvadas,  tomé paso hacia la escalinata del atrio, donde varios chicos y feligreses se reunieron para ver el baile de los Moros. Ocho sujetos vestidos de chaquetones de rojo con dorado, con sus representativas máscaras, la mitad blancos ladinos de cabellera amarilla, el resto negros con canelones, que usan  sombreros de petate y sendos pañuelos de rasgos multicolores estampados en blanco. Los machetes brillantes cuando rascan en el suelo, soltando chispas a los pies de los que observan, donde se retan y combaten en el baile de un son, bajo el ritmo del tambor y el estridente sonido de la chirimía; los muchachos se corren de un lado al otro para evitar estar en contacto con los filosos espadines. Pero esa es la gracia del convite.
          Las señoras de mantilla y con rosario colgado del regazo, le hacen valla al señor cura que en compañía del Santísimo sale a la puerta de la iglesia a impartir la bendición, los acólitos ágilmente bambolean los recipientes de las brazas, para cubrir con nubes aromáticas de humo del incienso el inicio del cortejo procesional. Los cantos de la feligresía abren el espacio que luego secunda la banda, con su música popular para darle sabor a chapinlandia en su trayecto. La vuelta es alrededor de la rotonda del parque, con todos los signos de solemnidad para los parroquianos que se acercan curiosos a su paso coadyuvando con la quemada de las bombas de tubo y los cohetillos saltarines, que le  dan sabor a la fiesta de la liturgia.
          Cargado de un cúmulo de apuntes, muchos de ellos garabatos, de mis propias inspiradoras, que después al pasar en limpio, transformo en huellas picantes, gracias a las musas doy vida a los sucesos diarios, previo al siguiente paso que es abortarlo al papel, me entretuve antes de llegar a casa, pasando por la pulpería donde convidado por el apetito, me establecí en una mesa cubierta de un manto de linóleo color azul con figuras de frutos, de diversos tamaños. El plato del día es el cak´ic, caldo de chunto con toda una variedad de chiles, acompañado de tamalitos de masa, bien me cae un chela, a boca de botella después de soltarle unos granos de sal, me la empino,  el elixir bien frío me refrescó,  lo que por supuesto me indujo a mayor apetito del caldo colorado, el que disfruté con sobrada alegría, una raja de pierna de chompipe, que estaba en su punto. Encima de todo hay postre y aunque mi estómago me dice ya no, la calía me hace embucharme un trozo de dulce de camote. Me persigné, dando gracias retirándome ha disfrutar de una pequeña siesta en la hamaca del patio de la vivienda.
          Mas tarde, revisé el periódico del día, con las desagradables tragicomedias de costumbre, hice énfasis en la página deportiva donde se suman los fracasos del mentado futbol, las notas relacionadas con eventos sociales, los casamientos, las esquelas de los que van a estar ausentes, las historietas etc. Tomé entonces mis cuadernos y lo espulgué para reconocer alguna anécdota que me llegue, que me haga explorar en mi inventiva, tejer una historia que me permita describir paso a paso el trayecto hacia una pinta del pasado antes que me falle la memoria.
          Hoy mi imaginación va con la visita de una gitana, si de las que leen las cartas, de las que en su carreta de magia escurren las historias mas inverosímiles vivencias de su raza, que incitan a crear un escenario de bellas bailarinas del beli dance, que raptadas por un Jeque del medio oriente, las obliga a convertirse en espectáculo de su corte en el harem de sus concubinas. La trama transcurre en el tiempo, cuando una conquista de las arenas del desierto se desarrolla una batalla, con el señor de las estepas, quien en triunfante actuación libera a las odaliscas, que rendidas a sus pies se ven relevadas de su cautiverio.
          Ton toron ton ton, suenan los redoblantes mientras el ciento de soldaditos de plomo arremeten en el campo, se hacen acompañar por los juguetes de madera, en su marcha por las colinas donde los enemigos plásticos armados de arcos y flechas defienden sus posiciones. Caballos y jinetes vaqueros enfrentados en la sabana, el ingenio de dos niños como mariscales, diseñan sus estrategias de su interesante juego de la guerra.
          La tarde noche me tomó por sorpresa, la silbatina de las aves en los árboles que franquean la casa, que me hacen asomarme a la ventana para contemplar los hermosos celajes del poniente, que significan un sol jugando a las escondidas tras las montañas, huyendo del manto de la oscuridad que cubre el espacio. Las lucecitas que titilan en cada uno de los postes del alumbrado, mientras cae suavemente el principio de la noche, mostrando en ráfagas de viento que viajan como a hurtadillas por los rincones, a lo lejos se escuchan los latidos de los perros que intuyen el paso de almas en pena y espíritus chocarreros por los callejones de las húmedas avenidas.
          En el escritorio, desordenados los montones de papeles con los “no me olvides”, allí sentadas a la par mis amigas inspiradoras, dictan en pequeños trozos, los recuerdos y las nuevas vibras para ingeniar un apoteósico baile de máscaras en un carnaval de grandes palacios, con lluvias de confetis y figuras de arlequín, haciendo maquiavélicos saltos, donde las danzas entonan las niñas en persecución de los sátiros disfrazados de cupido que les levantan las naguas de múltiples fustanes en los anchos faldones de crepe. Los violines armónicos disparan en sus notas del minueto, y los casanovas se inclinan en hurtar mas que los besos de las damiselas, las débiles se desmayan en sus brazos, cuando los sarcásticos lobos de la inquisición, logran introducir sus garras en las áreas púdicas de sus víctimas.
          Los duelos se vuelven tradicionales, en 14 pasos de espalda y luego voltearse para el uso de la pistola. Los espadachines diestros hacen gala de su esgrima para pespuntar al agraviado, con un touche de muerte, con padrinos que certifican que no hubo trampa en el cotejo, que siempre termina en un honrado entierro y a lo mejor no del ofendido.
          La planta del orégano que crece en el patio de la casa, cuyo aroma lo transporta a una gastronomía singular, se envejece junto a los geranios que dan vida con sus hermosas flores, son los monos hechos de raíces de un árbol de la Alta Verapaz, donde transportan en su cabeza la Monja blanca, que crece y florea en áreas húmedas y de intrincados bosques, fuente de inspiración del alma kek´chí, con sus sonsonete de canción del KIMARRINA NOLA, que me transportan en algún lugar de mi niñez. Verdes remembranzas de la laguna del Petencito, de la pesca, de la bebida del boj, los curanderos y los chamanes de las montañas de la villa de San Cristóbal. Pasado aquel que me estimula los sentidos, de las callecitas rumbo al calvario, que tras larga caminata en ascenso, muestra la pequeña capilla llena de humo y paredes tapizadas del hollín que pinta hasta los santos.



LA HISTORIA DE MIS MUSAS (PARTE 2)


          Allí me encontraba sentado en las rocas mas altas, observando la inmensidad del mar, cubierto con no mas de una camiseta, con sombrero de paja y toalla de brillantes dibujos, pero dentro de mi iniciativa, me gustaba recibir el aire que sopla, un tanto cálido de brisa de gaviotas. Quizás eso me ayudaba a meditar, imaginaba que de pronto una carabela se enseñaba en el horizonte y entre tumbos se apresuraba a alcanzar la playa, junto a bancos de arena, donde permanecía esperando la inspiración con catalejos de los visitantes conquistadores de historias que sembraban sus banderas para tomar posesión de las tierras a nombre de un monarca allá al otro lado del océano, de paladines que vienen con buenas nuevas, pólvora y cañones habidos de poder, descubriendo criollos con colgantes de jade y piezas del metal precioso. Los cánticos y dioses del mas allá del país de los sueños. Las imágenes musicales de la llegada de otras embarcaciones de mástiles y velas que  cubiertas con bellas damiselas, de origen morisco, danzantes féminas en búsqueda de notables aventuras, llevadas en esclavitud a cruzar los océanos.
          Me pasaba largas horas en el espacio de mi mente, recolectando los soplos de inspiración, los consejos de las musas, que me hacían sentir el estimulo de imaginar historias de piratas sanguinarios, personajes de pata de palo con un parche sobre alguno de sus ojos, bandidos con sables en mano asaltando los poblados, apoderándose en poesía todo cuanto tenían, armando sendas bacanales con los habitantes criollos, en medio de las borracheras, aprovechaban violando a sus mujeres.
          También pensaba en el advenimiento de un corsario que convertido en un salvador, héroe anónimo, que se encargaba de combatir y mandar al exilio a los malévolos demonios del mar. Pródigo que de las manos de los dioses abanderaba las costas, cuando era recibido como rey y adornado de collares de flores y colmado de tesoros de manos de princesas liberadas.
          En la siguiente hoja escribía, la presencia de una expedición que inmersa en la maleza justo en medio de los mansos bosques, viajaba en búsqueda de enormes fieras con colmillos de sable, o de prehistóricos animales que asolaban con sus gritos las sabanas, donde como depredadores atacaban a cuanto se movía en sus dominios. Los hombres vestidos de verde musgo, con sombreros sólidos amarrados con correa a la barbilla, cazadores con armas de grueso calibre, que se apostaban en los zanjones, en búsqueda de una pieza que satisficiera su delirio de matar. De ellos muchos sorprendidos por las mismas presas, que los hacía huir despavoridos cuando de cazadores pasaban a sentirse trofeos de caza.
          Entrada la tarde, cuando los celajes se pintaban en el firmamento y las aves anunciaban la llegada de la penumbra, cerrando la instancia de los últimos rayos del sol, dejé mi instinto y retorné por las veredas arenosas sembradas de secos montes, que me servían de guía hasta las casuchas de la aldea. Con las fachadas pintadas de blanco, construcciones hechas de pajón y arcilla, que se apostaban en una joya apartada, con mantos de flores de jardín en un libro abierto.
          Encendí en la estufa, lugar de la cocina, con los leños que se adormecen en un espacio, arrimando la jarilla donde preparé el café y calentaba un recipiente con la comida de diario, destapando la hogaza de pan envueltas en una servilleta, para que no se endureciera tanto que no le pudiera hincar el diente. Y me sentaba a escribir.
          Junto al camastrón de dormir, sobre la mesa que me sirve de comedero, de escritorio y a veces hasta lugar de descanso, mantengo un buen paquete de hojas a las que les he hecho un agujero en su esquina superior izquierda, le he puesto un pedazo de cáñamo para mantenerlas ordenadas y en secuencia, mi cuaderno. Es mi campo de trabajo, mi pliego de peticiones elaboradas por la mente, con mi particular manera de expresión, con las ideas e historietas que bajo de los cielos y luego imprimo en esos lienzos.
          Una lámpara de gas, ahumada hasta el copete, me sirve para iluminar mis largas horas de creación, un vaso de madera que contiene unos lápices, un canuto de borrador, un pequeño y afilado cuchillo, para mantener afinada la punta de mis instrumentos de escritura, son los adornos del campo de batalla, mi machete de trabajo.
          Sentado en un taburete, donde después de sacarme las botas, cambiarme los calcetines, me encasqueté unas chanclas en los pies. He tirado cuanto me vestía, luego de sacudirme la cabellera, tomo uno de los lápices, buscando la manera de darle vida al prefacio de una de tantas historias. Tomo unos sorbos del elíxir del cafeto, me enderezo enseguida una de las orejas para darme ánimo en el trance y me agacho sobre la primera hoja.
          Las ánimas toman forma en mi imaginería y regreso al tiempo en que las ideas se transforman en escenas de una película en blanco y negro que se proyecta en mi pensamiento, ha veces mas velozmente que la escritura de mis frases. Como milagro los actores brotan de la pluma, un cuerno de la abundancia, en donde a granel se depositan una a una las coplas instiladas en el blanco lienzo. Enganchando de las manos a las letras que forman las palabras y luego  las oraciones que rematan una genial idea.
          En el entorno de la luz del candil, las sombras se proyectan en las paredes de la choza, danza de espectrales jinetes, cabalgando en las empedradas calles de una ciudadela que persigue las huellas de los enemigos caídos bajo la maldad de un tirano. Soldados que defienden sus puestos, con mosquetes y bayonetas, donde un cañón explota en una cornisa, provocando una nube de llamaradas color naranja, en un campo sembrado de muertos, victimas del fragor de una batalla. Las cornetas anuncian la retirada y los gendarmes dan fin a la avanzada y los cuarteles se siembran de heridos en reposo, mientras se planea la siguiente ola. La noche me ha agarrado en plena batalla y el cansancio me hace presa y la cabeza se ensambla sobre tabla, que da por concluida la idea principal. Sueño.   
          Otro será el capítulo del día contiguo, jinetes con corceles de alzada elegante, que acarrean carrozas de lacayos uniformados de casaca militar con botones dorados y hombreras de múltiples filigranas, que desde la popa manejan blandiendo las largas bandas de cuero de los frenos de los caballos. En el final de su travesía, coronan en la entrada de un castillo de fantasía, donde las parejas hacen sus paseos en el exterior de los jardines de ensueño. Las damas de vestidos largos, que reportan en sus saludos a los transeúntes, mientras se cubren el rostro con sus rosados abanicos, Las señoras de mas edad, se llenan de sonrisas con abundantes sátiras, en los comentarios que echan a volar, cuando toman el té.
          Las jóvenes, que en ramilletes se contornean, no dejan de observar a los caballerangos, que en forma interesante usan el rapé, bajo un pañuelo fijan la mirada en la mas interesante princesa o la mas hermosa plebeya.
          Una hoja es manchada y luego arrancada, los errores, la sintaxis no fueron adecuadas, mas por culpa mía que de mis cortesanas musas, que corrigen con pasión sin dar límites al contexto, cuyas expresiones se tornaron adúlteras. El cuchillo da labor de afilar el lápiz, en el inicio de una nueva página, que formaliza la siguiente tanda, debe de ser una fábula, donde los animales cobran vida y se tornan héroes, con sus peculiaridades retoman sus actos como copia a los humanos, la picardía ensalza sus actividades y sus moralejas.
          La mañana me ha encontrado encorvado sobre la mesa, la espalda me mortifica, porque no he sido capaz de recostarme ni un momento, la lámpara apenas titila ya por falta de gas. Después de darme un estirón, salto rumbo a la pila, donde después de sacarme la camisa, echo una palanganada de agua en mi cabeza, me chapaleo con ambas manos y restriego mi cara, total, completo el medio aseo, con la bola de jabón, para desarrugarme el cuero. Con el paso de la toalla me pulo hasta lo más recóndito de mi ser, el peine finaliza el secado de mi cabellera y con la navaja, destronco los bellos de mi lampiña barba.
          Me espera un día de final de primavera, el clima favorece la temperatura que cada vez se pone cálida, he acordado con mi mismo en cambiar de espacio de trabajo. De pronto una visita al campo me refresque el pensamiento y me aporte nuevos temas, debo además poner en orden los escritos, finalizar las narrativas interrumpidas por tantas locuras de soltar amarras en historias de mas arraigo.
          Siempre pienso dentro de los tantos temas, en los roles de pareja, de un amor no encontrado, de una pareja perdida. Cumbres borrascosas que me asaltan y me trasladan a un lejano pasado de donde he venido de un alma encarnado, donde los escenarios me remontan a la época de la colonia, de los ladinos, los indígenas y los criollos, del período independentista, quizás de un origen ancestral de mas allá de la península Ibérica, a una Arabia Saudí, con raíces en la Mecca. El Islam que lleva pintado en el cobrizo color de la piel y la larga y ganchuda nariz   
    
 

lunes, 8 de julio de 2013

LA HISTORIA DE MIS MUSAS



          Los ángeles míticos se echaron a volar, musas que circulando en los picos de las montañas son las inspiradoras de los poetas legos que se encuentran engarzadas en los algodones de las vibras de las nubes que se arremolinaban en ideas contundentes de los girasoles que le dan paso a los sentimientos. Con garbo se balanceaban en los cielos, en los acrósticos llenos de armonía de los cantos que suben como escritos del bosque de las ilusiones.
          La ciudadela mágica se despoja del vaho, a la salida del astro sol, que desperezando a los vivientes, los hacen ponerse en movimiento para ocuparse de sus labores, tanto del campo, como de la inspiración de las artes. Entre ellos los querubines juguetones incursionan en los acústicos mantos para soplar sus flautas de colores que dibujaban en notas de pentagrama, en un solfeo armónico, tras la batuta de los magos directores del grupo.
          Todos los pensamientos añoran hacer aflorar en los papiros de blancas hojas, apuntando desde los instrumentos que manchados de la indeleble tinta marcan el paso de las letras cursivas sobre una de sus caras. Las ideas saltan de consuelo y alegría al apoderarse del espacio, que en consabido orden forman las frases que dan vida a las inspiraciones dictadas por las hadas. Leyendas de estética prosa que relatan la vida, consagrada historia de aventuras y sin sabores de un épico personaje de corcel engalanado con escudos de armas, lanzas y flechas, cabalgando con espíritu en pos de salvar a una princesa cautiva de sus pecados, envuelta en tragedia de los dragones de fuego que resguardaba su cautiverio.
          Las fábulas se enternecen cuando los pegazos corretean en las praderas imaginando las pinceladas de verde musgo que pintan el escenario de las praderas, adornadas de ramos de flores de agapanto, que hacen relucir su morado en las coronas de las gráciles figuras de los cisnes que se desplazan elegantemente por el espejo de las aguas de la quieta laguna.
          El valle de las sirenas, donde los remansos del río, se hace cascada y los engramillados disponen de mantos que contienen canastas de manzanas, junto a cristalinas copas de aperitivos espumantes que hacen disfrutar una exquisita comilona de cándidas doncellas, que danzan al unísono, en el tono frágil de un violín, acompañadas de los pavo reales con su abanico en flor, mostrando su señorío.
          Mientras los cervatillos se asoman tímidos detrás de los troncos de los cedros, esperando el compás de las arpas de los angelitos que revolotean en el entorno. Dando rondas tomados de la mano, para saludar a los animalitos que observan desde sus escondrijos.
          Los caballetes con lienzos en blanco, en la espera que un ágil pintor, se haga cargo del ideario de un paisaje  o del mítico retrato de una dama, el desnudo de la concubina o la naturaleza muerta de un florero. Viejos recuerdos de un poema que hace vibrar la historia de un amor, de un Casanova, los atributos tras los velos de una odalisca, o la belleza de un caserío en las faldas de un volcán.
          El juego de pinceles que se arremangan de oleos para desplazarse en una manta, contando la historia de una vago escritor que canta detrás de sus escritos la prosa que le da vida a un instante, recodos de diseño, de tonalidades de pintas que resaltan, la expresión de un rostro o la mirada pícara de una cortesana.
          El alma vibrante del hormigo tableteando su sonsonete y melancólicamente hace respirar con sus múltiples baquetas que le rascan las teclas, las hacen bailan en ritmo de seis por ocho y complacen con los valses inmortales en la danza de  los minutos. Otra de las grandes narrativas de cada uno de las provincias, que llevan su nombre en las notas musicales de los corridos del canta autor José E. Monzón.
          Papel y lápiz, que se conjugan para expresar extrañas anécdotas, que te llevan por las emocionantes estampas de historias de muertos y aparecidos, almas en pena que recorren los cabildos y los rincones de viejos edificios, contemplados en una ciudad tan vieja como la época de la colonia. Narrativas,  acontecimientos, que nos llevan una estampa de la historia de un amor o pensamientos de una vida plagada de aventuras, jocosas fábulas, astutos juegos de una retórica que va mas allá de los deseos de un artista. Viajes trascendentales con pinceladas de picardía que nos juega el hermoso lenguaje, al describir tontos pasajes con la ayuda de una palabra en doble sentido o golpes que provocan risa en no previstas actitudes de los actores.
          Y los ángeles míticos que se han tornado musas, deambulan alrededor de los cerebros, insinuando, provocando la lluvia de sonidos, convertidos en palabras que estimulan las neuronas para llegar al centro de la vida, en el núcleo de la creación, que se convierte en música, pintura y letras, que al vertirse en papel, se deberían de  volver imperecederos, si son disfrutados por la audiencia y soportan los embates de la crítica.
   


  

sábado, 6 de julio de 2013

EL POZO DE LOS DESEOS



          Al final de una vereda encaminada con grandes árboles, de ramas gruesas y callados movimientos, se encontraba un claro en medio del bosque, espacio marcado por una joya rodeada de arbustos llenos de frutos de la zarzamora, acomodados con flores de Agapanto morado lila, que le daban una belleza sin par. Allí las ruinas de una construcción, que en alguna oportunidad fue la vivienda de familias de leñadores que fincados en la región, se mantenía alejados del bullicio de la población. La casa emergía en las faldas de una montaña, añeja como el tiempo, abandonada a las visitas de los exploradores caminantes que alguna vez, osaban pasar en su camino a surtían sus recipientes de la fresca agua, en las fuentes maravillosa y en el añejo pozo.
          Este se encontraba reclinado en una ladera de la montaña, forrado de musgos, unos cuantos varejones ocultos con hojas de helecho que se encontraba en los alrededores del pozo cuyo brocal de paredes rocosas se sostenía con dos trozas carcomidas por la vejez. Los ganchos en forma de horqueta se unían a través de una polea que rechinaba, cuando la garrocha se movilizaba por las ráfagas del viento y, cuando el lazo que se enroscaba en la cúpula, pendía como badajo de campana al mecerse en su interior, mientras sostenía una cubeta de madera.
          El agua a no mas de tres brazadas reflejaba como escudo de plata, las tonalidades del cielo y las pasajeras nubes, que huían hacia el sur empujadas por el aire, curiosa semblanza que por las noches los destellos de la luna se veían como espejo en la profundidad del pozo.
          En la compañía de las aves que de brinco en brinco dejaban circular sus trinos en la soledad de los restos de la destruida construcción, mantenida únicamente por la estructura piramidal de una chimenea, que aun permanecía ennegrecida a puro hollín de fogaratas del pasado. Polvo, ceniza y tierra era la combinación de lo que quedaba de la semblanza de la fogata.
          A la distancia se dejaba escuchar el rumor de una caída de agua que salpicaba sobre las rocas, chapoteando en una pequeña poza que se formaba a sus pies,  mientras tanto los coyote que anunciaban su presencia con sus aullidos, se recorrían como el eco, por las cañadas del húmedo bosque.
          Las sombras del vaho se destapan y se levantan al infinito, cuando el calor del interior de la montaña se hace crudo, los rayos del sol evaporan las gotas del rocío que permanece colgado de las hojas tiernas y a ras del suelo, donde deambula un ejército de hormigas que transportan hojas de diversos colores y tamaño, en fila india, forman una línea que ordenadamente cargan en peso, toda clase de broza para depositar en el nido escondidos en las raíces de los helechos, donde protegen a las nuevas generaciones.
          A inmediaciones recorren en una pequeña vereda, un par de perros, que con la lengua de fuera suspiraban del esfuerzo que les causaba abrirle el paso a su amo, quien con machete al cinto y un rifle, de cañón algo oxidado, hacían la ronda de la cacería, por los senderos del claro de la arboleda, donde se encontraban las ruinas de la casucha. Caminando con sigilo se acercaron hasta llegar hasta el centro donde en alguna oportunidad existió una habitación, frente al alón del caído tejado que descansaba sobre la pared del pasadizo de la entrada.
          Los perros ladraban y correteaban desaforados tras alguna alimaña que se les había atravesado en su camino, permaneciendo atentos en su carrera cuando la presa lograba desaparecer debajo de los destrozos y maderas que reposaban pudriéndose por el paso del tiempo.
          El cazador limpió unas trozas y apiló unos ladrillos para procurarse un sitio para descansar y tomar su bastimento, de su mochila sacó unos panes, una jarrilla de hojalata, un par de huevos endurecidos y un rimero de tortillas, en el suelo juntó unas piedras y con algunas ramas y rajas de ocote encendió el fuego.
          Frente a él, se mostraba el pozo, se acercó y de un solo empujón, lanzó la cubeta hasta el fondo, al chasquido del agua muestra que ya hizo contacto, se asoma y ve al fondo además del reflejo de su cabeza, observa una imagen de alguien que se encuentra a la par, lo que  hace es levantar la cabeza, no ve a nadie a su alrededor. Repite la operación y efectivamente se ve una cabellera de mujer que se encuentra frente a él, justo en el brocal, se altera pero se ve solitario, con los nervios de punta, extrae la cubeta sin ver hacia el fondo, vierte el agua en la jarrilla, se detiene mira a sus alrededores pero no logra observar nada ni a nadie  Encoge sus hombros y regresa a su fogata...
          Acomoda la jarrilla en el fogarón y mientras coloca en las brazas unas tortillas, respinga y se extraña que los perros que se encuentran echados a su diestra, se levantan, ladran y  le gruñen, instintivamente, él se voltéa y señalando con la luz de un leño hacia donde se encuentra el pozo, observa una mujer que se le acerca caminando. Toma con su mano la cacha del machete, sin blandirlo, mientras los perros salen corriendo despavoridos a la proximidad de la presencia.
          Ella se detiene frente al joven, mientras un halo de calofríos le recorren el cuerpo y como la tarde ya daba sus señales de convertirse en penumbra y dejar pasar la noche, el ambiente se le saturo de una sensación de miedo, no pudo incorporarse, entonces se acurrucó junto a la fogata, escondiendo la cabeza entre sus rodillas, soltó el sombrero que rodó a los pies de la dama...
--- Que es lo que haces en estos parajes perdidos--- inquirió ella.
--- Andamos…, digo ando de cacería--- tomando algo de valor--- Y tú que haces aquí?.---
---Yo!. Aquí es donde me encuentro, estoy a cargo de cuidar el pozo.---
--- ¿Cuidar el pozo?, no lo entiendo…---
---Acaso tú no sabes que este es el pozo mágico de los deseos… todas las personas que beben de su agua, pueden pedir un deseo y si eres de buen corazón se te concede. Además de la vida eterna que te brinda.---
--- Tan solo así!---
--- Debes de cumplir con algo, si eres el afortunado.---
--- Que tendría yo que hacer para este merecimiento.---
--- Tendrías que venir a visitarme por lo menos una vez cada año, o quedarte a cuidar el pozo, junto a mi…
--- Y si no fuera así. Si al caso yo no deseara hacerlo…
---No podrías marcharte de este lugar, cargarías con la congoja de no haberme liberado de esta condena. Y yo que soy el alma del pozo te obligaría a permanecer en este lugar, en cambio si eres condescendiente te podría dar todo cuanto desearas, al quedarte conmigo, cuidaríamos el lugar, sería nuestro palacio de amor….---
          No muy conforme el joven insistió en permanecer sentado, mientras la dama insistía en llevarle hasta la orilla del brocal, donde le indicaba que podría ver reflejados en el agua todos los tesoros y grandes cosas que ella le podía dar.
          Una bella melodía se escucho proveniente de los alrededores, que la mujer, utilizó para atraer al cazador, quien se encontraba hipnotizado, se levantó como un zombi y con las manos adelante se dirigió hasta donde ella se encontraba, mas que atraído por la belleza, la cantaleta le cegaba la mente. Al llegar hasta la orilla, ella se le abalanzó y le abrazó con gran fuerza e hizo el intento de lanzarlo dentro del pozo.
          En ese momento uno de sus perros, se lanzó sobre la pareja, botando a su amo, él cayó de bruces, pesadamente, recibiendo un golpe en la cabeza. Cuando volvió en si y se percató de lo sucedido, la joven desapareció.
          Tomó sus cosas, la jarrilla que se encontraba hirviendo junto a las brazas, la volteó para apagar el fuego, comentó en voz baja.
---Upa, que salvada, sino es por el chucho, no se que me hubiera pasado…Menos mal que de verdad no había probado el agua. Esos espíritus chocarreros se le presentan a uno y están dispuestos a acabar con uno. Al fin y al cabo no tenía ningún deseo. Lo único es que ojalá tenga algo de cazar en el retorno.--- Se encasquetó su lámpara en la frente, revisó su rifle y dio marcha.
--- Vamos Sultán…, vamos Canelo, hay que regresar a casa---
          En el fondo del pozo, el alma de la mujer, se muestra encolerizada por haber perdido a una víctima. Dicen que en el fondo hay muchos hombres que sucumbieron a sus peticiones. Ahora condenados lloran su desventura.